*Cada migrante, bajo el puente de la Avenida Uno, trae
algo qué contar; pero a veces no se distingue lo real de lo imaginario
Crispín Garrido Mancilla/Fotos: Sergio Balandrano Casas
Coatzacoalcos.- Una vez más, y en calidad de mientras, el puente de la
Avenida Uno se convierte en hotel.
Más que por el color de la piel o la mochila, los
ciudadanos centroamericanos que se van congregando ahí, se distinguen por la
ropa adherida al cuerpo, el cabello desordenado y la fatiga en el rostro.
A fuerza de fallas en el único sistema de transporte que
tienen permitido, que es el tren, las autoridades han terminado por habilitar
una verdadera estación migratoria bajo el puente, que incluye decenas de
letrinas y lavaderos, donde los indocumentados lavan su ropa y la tienden de
manera que puedan recogerla lo más rápido posible en caso de que el tren salga.
El puente se llama de la Avenida Uno, pero la calle es
Soledad de Doblado, y justo en medio pasan las vías del tren. Ahí están unos
vagones de los que transportan cemento (los pulman de los migrantes, con
escaleras y parrillas en la parte superior), pero no se mueven.
Por la mañana salió un tren, pero los propios policías
les dijeron que no se subieran, porque llevaba productos químicos.
De alguna manera, todos saben que por la noche saldrá
otro, por lo que aprovechan para asearse y descansar.
En un extremo, hay un módulo de la Jurisdicción Sanitaria
número 11, donde uno tras otro, los migrantes pasan a consulta. Les hacen un
chequeo y a quienes los requieren les dan medicamentos básicos.
Del otro lado está el módulo de la Cruz Roja, que tuvo
unos días de descanso y regresó nuevamente, tras el nuevo descarrilamiento, en
Loma Bonita.
Ahí, la encargada, Marisol Gil, administradora de la Cruz
Roja local, explica que se les da es un kit de aseo personal, que incluye papel
sanitario, jabón de baño, pasta y cepillo de dientes, toallas sanitarias para
las mujeres y rasuradores.
Es el módulo que lleva más tiempo ahí, al grado de que ya
hasta los conoce Cristian, un adicto a los inhalantes a quien por su aspecto
apodan “Gokú”, quien finge ser un migrante y se acerca para ver qué le dan, que
sea algo más que recomendaciones de que deje de oler pegamento.
BABEL
La convivencia entre los migrantes es espontánea. Quizá
haya unas tres mujeres por cada 100 hombres. Algunas muy jóvenes, otras apenas adultas,
cada cual con su historia y con un sueño cuya realización depende de que
sobrevivan las amenazas del camino, que incluyen la deportación para un nuevo
comienzo.
En los grupúsculos, que parecen conocerse de toda la
vida, hay gente de diferentes países. Lo mismo un cubano que viene de Colombia,
que ciudadanos de Panamá, Honduras, El Salvador, Nicaragua o Guatemala. Lo
mismo jóvenes llenos de tatuajes que uno al que todos cuidan, porque trae una
bala en la cabeza y de repente le dan ataque epilépticos.
A la mayoría les gusta ser fotografiados. Algunos piden a
Sergio Balandrano que les envíe las fotos a un correo, donde esperan algún día
verlas. Quieren platicar sus vivencias, pero es imposible escucharlos a todos,
porque son muchos y tienen mucho qué decir.
Juan Abel Salas es un nicaragüense que tiene apenas 21
años, pero ya estudió dos años y medio de la carrera de Ingeniería en Sistemas,
en la Universidad Nacional de Ingeniería de su país y luego de trabajar en un
par de empresas de telecomunicaciones, se considera experto en monitoreo de
redes, enlace de datos privado, particular a particular y particular a
multipunto; telefonía VoIP, mantenimiento a computadoras e instalación de
circuitos de cámaras de seguridad.
Aunque en Nicaragua no le falta el trabajo, su intención
es llegar a Houston, donde espera conseguir un buen empleo e incluso terminar
sus estudios.
DIFÍCIL DE CREER
Pero nadie puede igualar la historia de Adal Aarón
Velázquez Vázquez, quien dice ser políglota, ingeniero agrónomo y ex integrante
de las Fuerzas Especiales de su país y, por una corta temporada, de Estados
Unidos.
De acuerdo con su narración, sus dos aventuras con el
uniforme terminaron mal: en el Army por una riña personal y en su país con el
asesinato de su familia.
En la charla, el reportero trata de hacer entrar en contradicciones
al entrevistado, quien logra sacar avante sus afirmaciones:
--¿Entre qué año y qué año estuviste en el Ejército en
Honduras?
--Después que me vine de allá, en 98. Me metí en el 98 y
salí hasta hace poquito, ahorita, de 31 años.
--¿O sea, en la última etapa estuviste sirviendo en
Honduras?
--En Honduras.
--En el Army de Estados Unidos, ¿cuándo estuviste?
--Un año cuatro meses. Antes de esto.
--¿Cómo te enrolaste y cómo es que no lograste la
ciudadanía?
--Porque en ese entonces, a nosotros nos mandaron de
Honduras. Fue un pedido rápido, de cuando estaba el problema de las Torres
Gemelas, de que teníamos que darle protección a los Estados Unidos, porque como
es Honduras, México y Guatemala, tú sabes que estamos comprados por ellos.
Nosotros nos ponemos a pensar, por qué el americano entra de un solo a México,
Guatemala y Honduras. Tú bien sabes que tenemos una deuda externa entre los
tres países y esa deuda no la podemos pagar, aunque más le echen nuestros
presidentes. Entonces, ¿cómo se pueden pagar?, pues dándoles protección a ellos.
--¿Entonces tú fuiste a Irak por el Ejército de Honduras,
no por Estados Unidos?
--Por parte del Ejército de Honduras.
--¿Y cómo fue esa experiencia?
--Pues la verdad es que tuvimos compañeros caídos.
Perdimos ocho compañeros, lastimosamente así son las batallas. Ganas, pierdes,
tienes bajas.
US ARMY
Mientras algunos de los migrantes se agitan, porque se
corre el rumor de que podría moverse el tren, lo cual enseguida se descarta,
Adal Aarón narra cómo estuvo en la milicia estadounidense:
--En el 94 serví en el Ejército de Norteamérica. Tuve un
problema. La mera verdad tuve papeles americanos, pero tuve un problema porque
había otro que me anduvo buscando y tuve que mirar la manera cómo salvar mi
pellejo. Y ahí me dijeron, te levantamos tu visa, todo, no puedes entrar por
unos cinco a siete años. Entonces, ahorita ya pasé la meta, ya tengo ocho años
delante de ese convenio que se había quedado y ahorita pues de nuevo, primero
mi padre celestial, llegar a esa meta de nuevo al norte.
--¿No tienes temor de que estés registrado y si te
agarran te vayan a detener?
--El temor tal vez se tiene. Pero lo que pasa es que no
hay que demostrarlo. Tú tienes que ser fuerte.
--¿La situación en Honduras cómo es, en términos de
seguridad para la gente común?
--L a mera verdad que la policía molesta demasiado. Por
una cosa nada, no hay una buena protección, porque a veces la misma autoridad
te daña.
--¿Por qué la gente sale de Honduras?
--Hay un fundamento de trabajo fijo y el salario está muy
bajo. Nosotros venimos ganando, en pocas palabras en honduras 60 pesos
mexicanos en dos días.
--¿Y el costo de la vida?
--Es más caro, porque ya ves, te cobran estudios, no
tienes ayuda por parte del gobierno, así como acá.
--Aquí nos quejamos de que hay muchos asesinatos, en comparación
con Honduras ¿cómo ves la situación?
--En comparación con Honduras, ustedes no tienen nada. No
está pasando nada. Esto de hallar dos o tres muertos no es nada. Allá es
diferente. Una feria de este rancho hay muertos; una feria de otro rancho, hay
muertos. Y no sólo de uno o de dos, sino que de cuatro, seis, ocho y son
menores de edad.
TRAGEDIA FAMILIAR
Adal Aarón asegura que en Honduras estudió la carrera de Ingeniero
Agrónomo y desde niño aprendió a hablar el dialecto misquito, mientras que en sus
incursiones en la milicia aprendió a defenderse en lenguas como portugués,
hindú, inglés, árabe y francés. “Le doy gracias a Dios porque me ha dado esa
capacidad porque no lo aprendí porque me metí en una escuela, lo aprendí por la
necesidad”.
Y sin cambiar el tono de voz, habla de una tragedia
difícil de creer:
“De niño me crié boleando zapatos. Así crié a mi familia.
Éramos 16 de familia. Perdí a toda mi familia. Como te lo digo, un 24 de
diciembre”.
--¿Por qué?
--Cuando me salí de la militar, empezaron las guerrillas,
la contraguerrilla. Yo estuve en las Fuerzas Especiales, cuando estaba más
chavalillo, a la edad de 18 años. Salí de sargento raso. De ahí me fui para el
norte y cuando regresé del norte me metí de nuevo a la militar.
--¿Pero a quienes mataron?
--Mis hermanos, mis papás, mi mujer, un hijo. Los mataron
ahí mismo en la casa. Ellos me andaban buscando a mí. Fueron unas pandillas.
Cuando empezamos a patrullar en Honduras, las maras empezaron a buscarnos a
nosotros, que ya nos habíamos salido de la militar.
--Pero es muy duro, que te maten a toda tu familia.
--Sí, es duro, pero en la vida no por eso te vas a tirar
atrás. Si te dejó vivo Dios es porque te tiene un propósito. No porque perdí
todo yo me voy a tirar abajo. Y pues tengo que ser un hombre de mucha fuerza,
debes tener frescura en tu cerebro, porque al mirar que no tienes nada, que no
tienes a nadie, que sólo estás tú y mi padre celestial, pues basta con eso.
Porque Dios te ayuda, Dios te libera, te quita todos los dolores.
Uno de los migrantes exclama bajo el puente: “¿A qué
horas van a dar de comer? Tengo hambre”.
Y Aarón remata su increíble narración, que se llevará en
su camino rumbo a un norte serpenteante:
--Desde que me pasó ese problema me dedico a leer libros
que me han enseñado que otros han sufrido más de lo que yo sufrí. Entonces digo
lo que me ha pasado a mí no es más que sólo el empiezo.
hay grntr buena pero tambien mala, por eso no se debe permitir mucho tiempo su estancia, ya que se emborachan y ´piden dinero y hasta insultan si no les da uno, las autoridades deben de vigilarlos con patrullas para que sigan su camino, no tenemos porque mantenerlos
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