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Huelga de hambre


Luis A. Chávez

En ocasiones en la vida de toda persona hay situaciones que llegan a un límite, ese sitio donde no quedan más alternativas y, se recurre entonces a medidas extremas (las hay peores, de sangre y eso lo sabemos bien) y el anuncio de una Huelga de Hambre –herramienta de lucha no violenta- no es un juego, un “bluf”, es algo definitivamente grave: la muerte por inanición puede presentarse entre los 60 y 90 días a causa de no ingerir alimentos.

Huelgas de esta naturaleza han sido fatales, baste consultar, en las llamadas redes electrónicas, sobre estos casos. Así, la voluntad del individuo se mantiene férrea en aras de solicitud de sus derechos, de lo que cree justo y, ya se dijo, iniciarla, mantenerla en pie, es algo sumamente delicado, porque conlleva el serio peligro de que pueda morir esa persona.
Por fortuna, al anuncio de nuestra intención, hace unos días (al no ser ya unos chamacos, estábamos decididos a nuestro movimiento) preparábamos lo concerniente y fuimos conminados a entablar un diálogo para no recurrir a ese extremo. Es de mi parte y de justicia agradecer entonces esa apertura donde, por fortuna, se solucionó para bien la situación y, el trato, debo reconocer, fue amable y cordial.
Lo anterior no me desdice, en ningún momento, de mi trabajo de crítica pues ambas partes coincidimos en que era precisamente un límite el que no me permitía ya vislumbrar otra medida que no fuera violenta. Por supuesto, familiares, amigos, conocidos, se enteraron con prontitud de la intención y, de inmediato, expresaron su preocupación porque se basan en esa constante visión y buen deseo, sincero, de bienestar a mi persona, cosa que otra vez vuelvo a agradecer. Sin embargo, dos “amigos” comunicadores, uno de Minatitlán y otro de Coatzacoalcos, tuvieron comentarios de burla pues algo dieron a entender que se quedaron con un palmo de narices, decepcionados, porque no me vieron ahí, matando moscos y padeciendo hambre, que de eso se trata ese tipo de huelgas. Con su actitud y comentarios sólo me demostraron, esas dos personas, “la calidad” no ya de amistad ni compañerismo sino, sencillamente, lo cangrejos mexicanos que son al encargarse -en el bote destapado según el cuento de crustáceos- de bajar a los que de una u otra forma ascienden, trabajan, resuelven, les va bien. Y, con “amistades” así, para qué quiere uno enemigos. A esos dos, les digo: lamento haberles quedado mal, no era mi intención ofenderlos.

Muchas gracias, en cambio, a todos aquellos que tuvieron, al resolverse mi asunto, palabras de aliento y alivio hacia mi persona. ¡Gracias!